La
inocencia perdida
Y de peque a ese niño inocente, le enseñaron que las personas eran el centro y la cúspide de la creación. Que Dios los hizo buenos y libres. Y así creció y siguió creyendo, que ellos eran los seres más perfectos que había puesto Dios sobre la tierra. En eso le instruyeron y con esas creencias se fue desarrollando.
Y
la pubertad apareció de forma sorpresiva
Y
la vida, sin darle tregua le hizo entender que las personas no eran tan
perfectas como le habían hecho creer.
Y
su inocencia de niño empezó a desvanecerse.
Y los siete pecados capitales
comenzaron a desentrañar las dudas que, desde hacía ya un tiempo, venían
despejando su inocencia de niñez. Algunos pecados, sin proponérselo, se
exteriorizaron delante de el. Surgieron por la avaricia desmedida que pudo
observar en seres abyectos que, con su falsa apariencia de creerse dios no
supieron comprender que solo eran unos simples mortales.
Y el
adolescente fue descreyéndose de las enseñanzas recibidas.
E
intentó vivir su juventud alejado del mundo. Y día tras día, pretendió soñar y sonreír
relajado, frente a un sol perenne, de unas islas que el destino le ofreció; y no
rehuyó. Pero la soberbia de unos seres
despiadados de conciencia, que, con una razón maldita, se creyeron dueños de la
vida ajena, sin saber serlo de la suya propia: le obligaron sollozando, a alejarse.
Y de nuevo ese destino feroz,
le tenía deparado volver a toparse con seres plagados de avaricia e ira. Y se tropezó con hombres que no
supieron entender que su tiempo había pasado, y descargaron contra él, su furia
maldita que hacía tiempo tenían oculta en su alma descompuesta. Y comprobó, que
intentaban aligerar su envidia, su poder ciego, e infamia sobre seres que solo
destilaban inocencia.
No supieron reaccionar despejando
de su mente tanta maldad y odio inculcado por seres innobles y reaccionaron con
¡ yo mataré ¡
Y ese
niño de nuevo, se embutió en sí mismo y se alejó del mundo.
Y ya, con el tiempo carcomido
y la juventud añorada, sentado, junto a seres inocentes, desde la atalaya que
le da el tiempo vivido… y sufrido, se
refugió en sí mismo, e intentó alejar de él, los atisbos de envidia, soberbia e
ira, que pululaban y carcomían a diario a las personas en las que un día creyó.
Y
plagado de canas, pero atestadas de sabiduría de vida, contempla con esa serenidad
añorada, que da el tiempo, al lado de seres inocentes, en nula soberbia, con el
alma blanca y falta de envidia e incapaz maldad.
Los ángeles tienen alma de
perro.
Manu & Klaus… en el
recuerdo: mi Atom y Willy
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